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REFLEXIONES

70 AÑOS DE SANTA CRUZ EN CHILE

Por: P. Roberto Gilbo CSC

Cuando llegué a Chile en el año 1962,  dos de los primeros tres sacerdotes de la Congregación que habían llegado en el año 1943 aún permanecían en Chile, - el P. Alfredo Send y el P. José Doherty.   El P. Send hablaba poco, pero el tiempo compartido con el P. Doherty en Talagante fue muy agradable.  Él hablaba de vez en cuando sobre su experiencia en Chile, de San Roque, el inicio del Hogar de Niños San José en Talagante y sus preocupaciones de lo que podría  pasar con el Hogar después de su muerte.  Otros que habían estado en Chile por años,  antes de mi llegada,  contaban esa historia con anécdotas de los tiempos “anteriores”.  Poco a poco, empecé a comprender por qué los chilenos que conocieron la Congregación tenían mucho respeto por los sacerdotes que habían estado durante muchos años: trabajaron harto, no por su propio bien, sino por el bien de los niños, los alumnos y los adultos conectados con el Colegio Saint George  y con las parroquias (Anunciación, en la Plaza Pedro de Valdivia y San Roque, en ese momento ubicada comuna Ñuñoa.

Cuando llegué en la tarde del 3 de julio, a la mañana siguiente, a las ocho de la mañana,  entré a una sala de clases de Segundo Año de Humanidades en el Colegio para comenzar mi trabajo como profesor de inglés y pasé el día haciendo clases durante seis  horas,  (dos  horas en cada uno de los tres cursos) y una hora en la sala de estudio.  Como no había espacio en la casa de los sacerdotes del Colegio, me quedé en el Seminario en Las Condes e iba al Colegio en la mañana con el P. Teall en la camioneta y volvíamos al seminario luego de terminar las clases.  El seminario estaba literalmente “en el campo” (ya que la ciudad terminaba, prácticamente, en Américo Vespucio).  Casi todos los seminaristas eran norteamericanos, quienes venían a  estudiar teología en la Universidad Católica.  (Uno de ellos fue el seminarista Ricardo Warner, hoy Superior General de la Congregación).       

Al año siguiente, me enviaron a vivir a la casa que estaba al lado del  colegio.   (Éramos 13 sacerdotes en el colegio en ese tiempo.) Fueron tiempos muy agradables y “educativos” con los Padres Provenzano, Huard, d’Autremont, Cánepa, Dorsey, Devlin, Teall, Whelan, Highberger, Warner y otros, varios de los cuales habían venido sólo por un par de años y luego se habían vuelto a los E.E.U.U.  Pero los apostolados siguieron creciendo en esos años, con más parroquias: San Marcos en Peñalolén y la Iglesia en Las Rocas de Santo Domingo.  Al mismo tiempo, dejaron de llegar tantos seminaristas de los EE.UU. y el seminario era demasiado grande para los pocos que quedaban.  Por tal motivo,  se fueron  a vivir en un complejo de departamentos en Santiago.  Sin tener más de un sacerdote en casi todas las parroquias, los sacerdotes del Colegio fueron a prestar ayuda los  fines de semana. Eran tiempos muy agradables y el espíritu muy bueno, aunque había poco contacto entre los miembros de la Congregación del Colegio y las parroquias.  


El espíritu de trabajo parece seguir hasta hoy y me parece que va a seguir por mucho tiempo más, especialmente con tres parroquias, la casa de formación y dos colegios.  Después de varios intentos de tener algún apostolado en provincias, terminamos solamente con la parroquia en Calle Larga, que está cerca de Santiago.   


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