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Constitución 3

La Oración

21

Dios ha infundido su propio Espíritu en nosotros. Hablamos a Dios con los anhelos y las palabras de los hijos a su Padre, por que el espíritu nos ha hacho hijos adoptivos en Cristo. El mimo Espíritu que nos da la energía y el impulso para seguir al Señor y aceptar su misión, no da también el gusto y las palabras apropiadas para la oración.
22 Nuestros pensamientos no son con frecuencia los pensamientos de Dios, ni nuestras voluntades concuerdan fácilmente con su voluntad. Pero, a medida que le escuchamos y conversamos con Él, no es dado comprenderle y también comprender sus designios. Cuanto más lleguemos a gustar, por la oración, lo que es recto, mejor  encaminada estará nuestra misión a la realidad del reino.
23 Oramos con la Iglesia, oramos en comunidad y oramos en soledad. La oración manifiesta una fe atenta al  Señor y en ella cada uno de nosotros lo encuentra personalmente, además de estar en la compañía de otros que lo reconocen como Padre.
24 Ante el Señor descubrimos su voluntad por hacer, pedimos que a nadie le falte el pan de cada día, osamos equiparar el perdón que otorgamos con el perdón que recibimos, rogamos no caer en la tentación. De seamos que su nombre sea alabado, que venga su reino y que seamos fieles servidores de su advenimiento.
25 Al igual que los primeros discípulos cansados de velar, encontramos trabajosa la oración. Incluso nuestro ministerio puede presentarse como excusa convincente para justificar nuestras negligencias, porque nuestro compromiso con el reino nos incita a pensar que el trabajo suple a la oración. Pero, sin la oración, vamos a la deriva y nuestro trabajo ya no es para el Señor.  Para servirle en verdad, nos es necesario orar todos lo días y no dejar de hacerlo jamás.  El nos bendecirá a su tiempo, aliviará nuestras cargas y colmará nuestra soledad.
26 Cuando de veras le servimos fielmente, es nuestro trabajo el que nos lleva ala oración. La abundancia de sus dones, el desaliento que nace de nuestra ingratitud y el clamor de las necesidades del prójimo, todo esto nos reafirma en nuestro compromiso apostólico y no conduce a la oración.
27 no puede haber comunidad cristiana que no se reúna en el culto y la oración.  Esto que es verdad del a Iglesia es verdad también de  Santa Cruz.  La Cena del Señor es la principal asamblea de oración de la Iglesia. Partir ese pan y participar de ese cáliz diariamente son deber y necesidad nuestros, a menos de estar impedidos por causa grave.  Allí no fortalecemos para el camino al cual nos ha enviado el Señor.  Cuando participamos en estameña de comunión por excelencia, verdaderamente nos acercamos unos a otros como hermanos.
28 Aunque somos una congregación apostólica con vínculos y responsabilidades que nos unen a otras comunidades del culto, nosotros, los de Santa Cruz, también tenemos la necesidad de orar y rendir culto juntos, con un ritmo regular que debe ser determinado por cada casa local.  Conviene especialmente que nos unamos en las dos horas principales del culto diario de la Iglesia, la oración de la mañana y la de la tarde, y que no reservemos la libertad necesaria para asistir a esos ejercicios. Además de las oraciones formales de la Iglesia, podemos aprovecharnos de sólidas devociones populares, como las dedicadas a la Madre de Dios.
29 Las fiestas del año litúrgico nos reúnen a algunos como comunidad, pero para otros significan atender obligaciones en otras partes.  Sin embargo, las fiestas propias de la Congregación debieran darnos a todos la ocasión de orar y celebrar juntos como familia. La principal de estas fiestas en la de nuestra Señora de los Siete Dolores, día para conmemorar en toda la Congregación, puesto que ella es nuestra patrona.  También celebramos las solemnidades del Sagrado Corazón y de San José, respectivas fiestas principales de los sacerdotes y de los hermanos.  Están asimismo las fiestas de los santos que nos precedieron en nuestro propio ciclo de observancias cuando nos reunimos como familia en la ocasión de profesiones, ordenaciones, jubileos y funerales.
30 Además de la liturgia que nos convoca como Iglesia y como congregación, está la oración que cada uno debe ofrecer al Padre en el silencio y la soledad.  Contemplamos al Dios vivo, ofreciéndonos a Él para ser  atraídos a su amor, y aprendiendo a hacer nuestro ese mismo amor.  De esta manera entramos en el misterio del Dios que quiso habitar en medio de su pueblo.  Su presencia eucarística es prenda de ello. Así, es especialmente apropiado que recemos en presencia del santísimo Sacramente. Cada uno de nosotros necesita también alimentarse al menos de media hora de oración tranquila al día. Necesitamos a la vez leer asimilar la Sagrada Escritura y leer meditativamente libros espirituales. Los miembros de Santa Cruz leerán regularmente esta Constituciones que son su regla de vida.
31 Cada uno de nosotros tiene necesidad de apartarse de sus ocupaciones y preocupaciones anualmente para hacer un retiro de oración y reflexión sin distracciones en esa pausa aspiramos a estar atentos solamente a las mociones del Espíritu Santo.  Nuestra vida y nuestro trabajo podrán aparecer así bajo una luz nueva; podremos renovar nuestra disponibilidad al Espíritu y quebrar la rutina en la cual la costumbre y la comodidad pudieran habernos instalado.  Una oración prolongada así puede tener la intensidad suficiente para reavivar la llama del amor y compromiso con el Señor, que suele vacilar.  De la misma manera, en días de recogimiento, renovamos periódicamente la entrega de nosotros mismos.
32

No somos sólo nosotros los que oramos, sino el Espíritu del Señor ora en nosotros. Como obreros que anuncian el reino, necesitamos volver con frecuencia a los pies del señor y escucharle aún con mayor atención.