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Constitución 8

La Cruz, Nuestra Esperanza

112 El Señor Jesús nos amó y dio su vida por nosotros.  Pocos de entre nosotros seremos llamados a morir de la manera que Él murió. Sin embargo, todos debemos entregar nuestras vidas con Él y por Él. Si queremos ser fieles al evangelio, debemos tomar nuestra cruz todos los días y seguirlo.
113 La cruz estaba constantemente anta la vista de Basilio Moreau, cuyo lema para su Congregación fue Spes Unica: la cruz sería nuestra única esperanza.
114 Jesús hizo suyos el dolor y la muerte que el pecado causa. Aceptó el tormento, y a cambio nos dio la alegría. El nos envió a servir en medio del mismo pecado y dolor; debemos, por lo tanto, saber que también nosotros encontraremos la cruz y la esperanza que ella promete. El rostro de cada ser humano que sufre es para nosotros el rostro de Jesús que subió a la cruz para arrancar su aguijón a la muerte. Esa cruz y esperanza deben ser nuestras.
115 Luchar por la justicia y encontrar sólo obstinación, reanimar a los que desesperan, estar cerca de la miseria que  no podemos aliviar, predicar al Señor a aquellos que tienen poca fe o no quieren oír hablara de Él… nuestro ministerio nos recordará el sufrimiento de Jesús por nosotros.
116 Sacrificarse a sí mismo y ser sacrificado por las necesidades del prójimo; estar disponible y alegre como amigo en Santa Cruz, y dar testimonio mientras otros vacilan; cumplir con el deber cuando éste se ha transformado en una carga sin dar ninguna satisfacción… la comunidad también puede acercarnos la calvario.
117 Un trato justo, la fatiga o frustración en el trabajo, el quebranto de la salud, las tareas que sobrepasan los talentos que se poseen, los períodos de soledad y la aridez en la oración, la actitud distante de los amigos, o la tristeza de haber infligido alguno de estos males a otros, todo esto nos dice que habrá que morir a sí mismo ene. Camino hacia el Padre.
118 Más, no nos afligimos como hombres sin esperanza, pues Cristo el Señor ha resucitado para no morir más. El nos ha incorporado al ministerio y a la gracia de esta vida que surge de la muerte. Si nosotros, como  Él, encontramos y aceptamos el sufrimiento en nuestro discipulado, nos movemos sin dificultad entre los que sufren. Debemos ser hombres que aportan esperanza. No hay fracaso que el amor del Señor  no pueda superar; no hay humillación; no hay ira que Él no pueda disipar, no rutina que no pueda transfigurar. Todo es consumido en la victoria. El Señor no tiene sino dones que ofrecer. A nosotros sólo nos toca descubrir cómo incluso la cruz puede ser llevada como un don.
119 La resurrección es para nosotros un acontecimiento cotidiano. Hemos velado ante personas que mueren en paz; hemos sido testigos de reconciliaciones maravillosas; hemos conocido el perdón de quienes abusan de su prójimo; hemos visto que el dolor y la derrota conducen a una vida transformada; hemos visto el despertar de la conciencia de toda una Iglesia; nos hemos maravillado ante la insurrección de la justicia. Sabemos que caminamos a la luz del alba de la Pascua, y que esta luz temprana nos hace anhelar su plenitud.
120 Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre María, que conoció la aflicción y fue Señora de Dolores. Es nuestra especial patrona, una mujer que soportó muchas cosas que no entendía y que se mantuvo firme. Ella está hablando constantemente de esa cruz cotidiana y de su esperanza a sus numerosos hijos e hijas, cuyas devociones deberían siempre acercarles a ella.
121 Si cada uno de nosotros bebe del cáliz que se nos sirve y se nos da, nosotros los servidores o correremos mejor suerte que la de nuestro Maestro.  Pero si evitamos la cruz, se desvanecerá nuestra esperanza. Es en la fidelidad que una vez prometimos, donde encontraremos asegurados tanto el morir como el resucitar.
122 Las huellas de quienes nos llamaron a caminar en su compañía dejaron rastros profundos, como de quienes llevan pesadas cargas.  Más ellos nos e arrastraron; caminaron con vigor, porque tenían la esperanza.
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Es el Señor Jesús quien nos llama: ”Ven y sígueme”.