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REFLEXIONES

Creemos en Cristo  Vivo, el resucitado de entre los muertos.

David Olarte, C.S.C.

“Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Jesús nos amó y entregó su vida por todos nosotros, pero esta entrega no dio la última palabra a la muerte, pues Dios lo resucitó al tercer día de entre los muertos. Esta resurrección de nuestro Señor cambia nuestra historia completamente y nos conduce a una vida nueva; puesto que todos los que fuimos bautizados en Él hemos muerto para volver a la vida y vivir para Dios en Cristo.

La muerte ya no significa más tristeza si creemos verdaderamente en el Resucitado. Creer en Cristo es creer que viviremos con Él en la gloria de Dios. Como cristianos  nuestras aflicciones y sufrimientos los vivimos en Cristo y es Él quien nos infunde su Espíritu y amor para ser portadores de esperanza en el mundo. Ya nuestras vidas no pueden volver a ser vacías y sin sentido; porque, como testigos del resucitado “caminamos  a la luz del alba de la Pascua y que esta luz temprana nos hace anhelar su plenitud”. (Constituciones de la Congregación de Santa Cruz, número 119). Plenitud en la cual todos seremos uno en el Padre a través de Cristo Resucitado.

Pero ¿qué significa ser testigos de Cristo Vivo hoy? Para nosotros, los cristianos, el Cristo Real es el Cristo Resucitado y vivo. Sabernos cristianos nos conduce a ser testigos del Resucitado, anunciadores de su mensaje de salvación para todos los pueblos. De aquí que, nuestra Fe en el Resucitado tiene que ser, ante todo,  seguimiento de Jesús. Seguimiento de Aquel que manifestó el Reino de Dios a través de dichos y hechos en toda Palestina. Jesús enseñó a amar, perdonar, ser misericordioso y compasivo. Es Él mismo quien hoy nos dice con amor y ternura: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo les he amado”. Somos testigos de Cristo Vivo aquí y ahora en cuanto Él mismo accede  a nosotros en su Espíritu. Entonces, nuestra tarea es anunciarlo a través de nuestro testimonio de vida y proclamar día a día con espíritu firme, tal como Pablo lo hizo: “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

Si, como cristiano proclamo a viva voz que Cristo vive en mí, tengo, necesariamente, que reconocer que este Cristo Resucitado también vive en mi prójimo. Entonces, ¿cómo negar amor, caridad y hermandad al otro, si es Cristo mismo, Vivo y Resucitado, que se hace presente en este otro?  Todos los bautizados hemos recibido a Cristo y hemos sido transformados en Él para ser portadores de su  amor, paz y esperanza. Así, el seguimiento de Jesús implica asumir y vivir  la verdad de su mensaje, transmitido en los Evangelios. 

No nos cansemos de amar como Jesús amó y anunciar con alegría la gracia de sabernos cristianos. Que Cristo resucitado nos ayude a responder a su llamado -“ven y sígueme”-  para verlo más claramente, para sentirlo más intensamente y para seguirlo día a día más de cerca a través del amor, la caridad y el servicio.



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