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REFLEXIONES

SEMANA SANTA

P. Roberto Gilbo C.S.C.

Con el Domingo de Ramos inauguramos la Semana Santa, la más santa de todas las semanas del año para los cristianos, porque nos introduce a la celebración de lo que constituye el fundamento de nuestra fe, el Misterio Pascual del Señor, su pasión, muerte y resurrección. Si somos cristianos, lo somos principalmente porque creemos en Cristo muerto y resucitado.

Durante esta semana estaremos reviviendo una vez más los últimos días de la vida de Jesús sobre la tierra y las últimas cosas que dijo e hizo. Como sucede con cualquier persona que está consciente de que su vida llega a su fin, se puede suponer que Jesús también dedicó estos últimos días a lo que él consideró más importante. Así después de su entrada triunfal en la ciudad de Jerusalén que recordaremos en Domingo de Ramos, el jueves de esa misma semana, nuestro Jueves Santo, en el contexto de la celebración de la Cena Pascual judía, que conmemoraba la última cena de sus antepasados en Egipto, antes de partir hacia la libertad conducidos por Moisés, después de cuatrocientos años de dura esclavitud, Jesús les lavó los píes de sus discípulos y les encomendó hacer lo mismo unos a otros en señal de servicio humilde e instituyó la Eucaristía al convertir por primera vez pan y vino en su Cuerpo y Sangre. Luego durante la agonía en el huerto de Getsemaní, mientras luchaba en la soledad con lo que sabía le avecinaba y que  era la voluntad de su Padre, sudó sangre en grandes gotas que cayeron a la tierra, hasta que finalmente pudo decir: "Si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que no se haga mi voluntad sino la tuya". En eso se presentaron los guardias del Templo conducidos por Judas, a quien las autoridades religiosas judías habían pagado treinta monedas de plata por entregarlo, y comenzó su largo recorrido por una serie de juicios que no eran más que una farsa por los falsos testimonios presentados contra él, primero en la casa del sumo sacerdote y luego en el tribunal del gobernador romano Pilato.

Así comenzó su último día de vida en la tierra, el Viernes Santo, con el camino hacia el Calvario, el lugar de la calavera donde se ejecutaban a los peores criminales, lo que reviviremos con nuestros vía crucis como todos los años en esta misma fecha. Finalmente, muerto en la cruz y puesto en brazos de su madre María que espera recibir su cuerpo ensangrentado, es sepultado y la tumba es sellada y guardada por soldados.

Pero esa tumba no permaneció cerrada, sino que se abrió y se abrió desde dentro el día domingo de madrugada, Domingo de Pascua, cuando ese cuerpo muerto y ensangrentado salió vivo y glorioso.

De esta manera Jesús vivió los últimos días y la culminación de su misión en la tierra, una misión que significó para él sufrimiento y muerte, pero que trajo su victoria sobre la muerte y nuestra salvación. Esta fue la misión encomendada a él por su Padre cuando el Hijo de Dios se hizo hombre y asumió nuestra condición humana, la misión que cumplió fiel y cabalmente y que culminó en esa primera Semana Santa, la más santa de todas las semanas del año.

A cada uno de nosotros el Padre le ha encomendado una misión en la vida, una vocación, que posiblemente también incluye renuncia y sufrimiento junto con victoria y nueva vida. Nuestra tarea es descubrirla, en primer lugar, y luego cumplirla hasta el final, como lo hizo Jesús.